¿Controlas el ego o el ego te controla a ti?

Hombre con capa presume de ego

Hay personas sabelotodo que siempre quieren tener la razón y van por la vida con una actitud arrogante. Opinan  sobre todo, en cualquier momento y contexto, a veces llegando a la insolencia. Desean “ganar” a toda costa como si en ello les fuera la vida. De estas personas se dice que tienen el ego tan grande que creen estar muy por encima del resto de los mortales. De hecho, es precisamente ese ego el que las lleva a tener una visión sesgada de la vida y a creer que tienen la verdad absoluta. Un fenómeno que sucede cuando el ego crece de forma desmesurada y toma el control de tu vida. Descubre a qué se debe esto y cómo puedes evitarlo.

¿Qué es el ego?

Solemos relacionar el ego con la valoración excesiva que tiene una persona de sí misma. Sin embargo, aunque el ego está relacionado con nuestra autovaloración, en realidad no se reduce a ella. Básicamente, se trata de una construcción que hacemos de nosotros mismos, bajo el prisma de una fuerte impronta social. Resumido en otras palabras, el ego no es más que la imagen que formamos de nosotros mismos para transmitir y adaptarnos a los estándares sociales. No obstante, para comprender en verdad qué es el ego es importante remontarse a los orígenes de este concepto en la Psicología.

Si bien el ego es un concepto muy antiguo, no fue hasta el desarrollo de la teoría de la personalidad de Sigmund Freud que cobró especial relevancia como parte indisoluble de la esencia humana. Para Freud la psiquis estaba dividida en tres componentes básicos: el ello, el ego y el superyó. Entendía el ello como la parte más instintiva de nuestra mente, donde están contenidos todos nuestros deseos y experiencias reprimidas. En el lado opuesto se encuentra el superyó que no es más que nuestra conciencia moral que mantiene a raya esos deseos. Y, justo en el medio, está el ego, una especie de mediador entre nuestros deseos y los valores éticos de la sociedad.

Desde este punto de vista, el ego se encarga de dar forma y perfilar nuestra identidad para adaptarla a los valores morales de la cultura. Esto significa que engloba nuestra identidad, pero, además, va un paso más allá para ajustarla a las características culturales de nuestro entorno. De hecho, a veces se comete el error de confundir el ego con nuestro auténtico “yo”, es decir, quienes somos en realidad, cuando se trata de una versión parcializada y construida de nuestra personalidad. En palabras de Ram Dass, El ego no es lo que eres realmente. El ego es la imagen que reflejas, tu máscara social, el rol que desempeñas.

¿Por qué solemos ver el ego con un cariz negativo?

Existe una creencia popular muy extendida que considera el ego como un rasgo negativo que conviene controlar. Sin embargo, el ego en sí mismo no es negativo. El ego nos ayuda a hacer consciente nuestro superyó, es decir, nuestra identidad. Gracias al ego somos capaces de reconocer nuestros instintos y deseos más recónditos y descubrir nuestra verdadera personalidad. Además, nos ayuda a acoplar nuestro “yo” a los valores sociales, facilitando nuestra adaptación al mundo en el que vivimos. El problema viene cuando el ego toma el control de nuestra conciencia y enaltece nuestra identidad al punto de resultar desadaptativo en el entorno en el que vivimos.

En estos casos, el ego hará cualquier cosa con tal de no quedar mal y dejar nuestra imagen por los suelos, aunque eso signifique poner en marcha mecanismos de defensa que nos impidan reconocer nuestras equivocaciones y las trampas que nos tendemos. De hecho, puede llegar a distorsionar la imagen que tenemos de nosotros mismos, creando una identidad acorde a nuestros deseos y expectativas que, en muchos casos, no se corresponde con la realidad y que para mantenerse viva necesita de la aprobación y halagos constantes de los demás. De esta manera, nos empezará a alejar cada vez más de quienes en realidad somos y a dejarnos a merced de esas personas a las que queremos “venderles” una imagen de nosotros idealizada.

En la práctica, este es el ego que caracteriza a esas personas sabelotodo, engreídas, que quieren tener siempre la razón y que nunca dan su brazo a torcer. Y, en estos casos, el ego sí adquiere una connotación negativa. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que las personas que están dominadas por el ego viven engañadas y no son capaces de ver la realidad detrás de sus errores, formas de pensar y actuar. Utilizan esa actitud altiva para ocultar su necesidad de reconocimiento social y de la aprobación de los demás para sentirse importantes, así como su miedo al rechazo y sus inseguridades. Y, lo peor, es que ni siquiera son conscientes de ello.

Un ego para cada persona: los diferentes tipos de ego desmesurado

Cuanto más sabes, menor es tu ego. Cuanto menos sabes, mayor es tu ego”, dijo acertadamente Albert Einstein. Y es que el ego, como si fuera una máscara personalizada, tiene la capacidad de adaptarse a cada uno de nosotros atendiendo al control que tenemos sobre nuestra psiquis. De esta manera, está estrechamente relacionado con el autoconocimiento, el desarrollo del pensamiento crítico y la gestión de las emociones. De ahí que cuanto menor sea nuestro control sobre la conciencia, más crecerá nuestro ego pudiendo llegar a alcanzar límites insospechados que se reflejan en la práctica a través de nuestro comportamiento y actitudes. De esta forma, según el investigador chileno Iván Durán Garlick el ego desmesurado puede clasificarse en 10 tipos diferentes:

  1. Sabelotodo. El ego sabelotodo siempre cree tener la razón y le gusta opinar de todo y todos. Cree tener la verdad absoluta y no se puede quedar callado, aunque no sepa de lo que habla.
  2. Interruptor. Es típico de las personas que interrumpen a los demás para auto-referenciarse. Nunca dejan que los demás terminen de hablar.
  3. Envidioso. El ego envidioso no soporta los logros y triunfos de los demás e intenta minimizarlos. Minimiza a los que considera que son mejores que él.
  4. Sordo. El ego sordo finge que escucha, pero en realidad nunca lo hace porque solo disfruta cuando él habla.
  5. Silencioso. Al ego silencioso parece que le importan los demás, pero en realidad es un hipócrita que tiene un discurso paralelo. Le gusta criticar por la espalda.
  6. Insaciable. Es un ego común entre quienes quieren ser el centro de atención. Se trata de personas a las que no les gusta pasar desapercibidas y boicotean la participación de los demás.
  7. Orgulloso. Al ego orgulloso no le gusta perder ni asumir sus errores. Es muy competitivo.
  8. Manipulador. Es típico de las personas que manipulan, mienten y se aprovechan de los demás en su beneficio o para que las cosas resulten siempre a su favor.
  9. Prestigioso. Hace referencia a las personas que necesitan el reconocimiento social. A aquellas que siempre buscan los aplausos y admiración en todo lo que hacen.
  10. Jinete. Las personas con este ego se apropian de la información de los demás para su propio beneficio. Sacan partido de lo que otros dicen para estructurar sus intervenciones.

¿Cómo saber si el ego te controla?

Identificar a una persona con un ego desmesurado es fácil. Su actitud y acciones la delatan en poco tiempo. Sin embargo, reconocer que tenemos un problema con el ego suele ser mucho más difícil. El propio ego se encargará de que eso no ocurra. Por eso, es importante someterse a un profundo autoanálisis y prestar atención a las señales que pueden indicar que el ego ha empezado a controlarte para ponerle coto cuanto antes. Podrás saber que el ego te está dominando y distorsiona tu visión de la realidad si:

  • Buscas continuamente la aprobación de los demás y, cuando no lo consigues, te sientes mal. Lo que en realidad impulsa tus acciones no es el resultado final, sino la necesidad de reconocimiento.
  • Te cuesta salir de tu zona de confort por miedo al fracaso y lo desconocido. Siempre encuentras excusas para no cambiar las cosas en tu vida.
  • Intentas acaparar la atención de los demás y para ello haces lo que sea necesario. Intentas ser siempre el centro de atención y evitas que otros participen.
  • Posees una baja autoestima. Esto significa que dices cosas positivas sobre ti que en realidad no crees. Necesitas convencer a los demás de tus fortalezas para sentirte mejor contigo mismo.
  • Siempre quieres tener la razón y buscas la manera de confirmar tu versión. Cuando no consigues convencer al resto te enfadas y reaccionas de forma agresiva.
  • Tienes miedo a fallar y a ser rechazado por los demás, por lo que a veces te bloqueas y quedas inmóvil en lugar de intentar cosas nuevas.
  • Estás pendiente de la impresión que causarás a los demás, más que de lo que sentirás tú mismo. Esto te lleva a comportarte de forma meticulosa.

    ¿Cómo controlar el ego? Ejercicios para trabajar el ego

    Cuando se habla de controlar el ego no significa eliminarlo de raíz, sino tan solo lograr que vuelva a equilibrarse. El objetivo consiste en adoptar una postura menos defensiva para poder percibir la realidad como es. Al inicio puede resultar complejo, pero con un poco de práctica y las acciones adecuadas, poco a poco, conseguirás retomar el control sobre tu ego y tu identidad. He aquí algunas acciones sencillas que pueden ayudarte.

    1.     Trabaja la humildad

    La humildad, como cualquier otra virtud, puede desarrollarse. Y nada mejor para plantar cara al ego que aprender a ser más humilde. ¿Cómo conseguirlo? Recurre a la autocrítica cuando sea necesario, identifica dónde te has equivocado y qué errores has cometido, aunque no olvides felicitarte cuando consigas un logro. Haz lo mismo con las personas de tu entorno y reconoce su participación en tus éxitos.  

    1.     Deja de buscar la aprobación de los demás

    A todos nos gusta recibir el reconocimiento de los demás ya que refuerza nuestra autoestima de manera positiva. Sin embargo, una cosa es aceptar un halago como resultado de nuestro esfuerzo y otra muy diferente, dejar que esa aprobación sea lo que motive nuestras acciones. Por tanto, cuando te propongas nuevas metas y objetivos analiza qué es lo que te mueve realmente y, si no eres capaz de encontrar otras razones más allá del reconocimiento ajeno, deja ir esos planes para apostar por otros que en realidad te interesen.

    1.     Acepta tus limitaciones

    Otro ejercicio para trabajar el ego consiste en identificar y aceptar tus limitaciones, en lugar de negarlas. Todos tenemos limitaciones y, cuanto antes aceptes esta realidad, antes estarás preparado para aprender a vivir con ellas. Una vez identifiques esos puntos débiles pregúntate si puedes hacer algo para mejorarlos, si es posible, inténtalo. ¿No puedes hacer nada? Abrázalos como parte de la vida y de tu identidad.

    1.     Aprende a tomar perspectiva

    A veces el ego te puede hacer pensar que todo lo que te ocurre tiene un trasfondo personal, haciendo que te tomes los problemas demasiado a pecho. Sin embargo, aprender a tomar perspectiva en las situaciones de la vida y reflexionar sobre otros puntos de vista diversos no solo te ayudará a conferirle la importancia que realmente merece cada acontecimiento, sino que también te permitirá controlar el ego y salir del círculo vicioso que has creado. 

    1.     Desarrolla una mentalidad de crecimiento

    Desarrollar una mentalidad de crecimiento es fundamental para controlar el ego. Esto porque cuando asumes que eres un aprendiz de la vida y que estás en un proceso constante de reconstrucción, el ego se reduce porque no le das la oportunidad de crecer desmesuradamente pensando que eres dueño de la verdad absoluta. Por tanto, empezar a verte como una persona en constante evolución y desarrollo puede ayudarte a ser consciente de tus verdaderas fortalezas y limitaciones.

    Por último, apuesta por simplificar tu vida y disfrutar de los pequeños detalles cotidianos. Esto mantendrá tu mente en el presente y evitará que divague entre tus expectativas y autoexigencias. Un ejercicio sencillo, pero muy efectivo para mantener controlado tu ego y vivir tu vida con más intención.

    Referencia:

    (2011) Freud: el psicoanálisis como crítica de la cultura occidental. Temas para la Educación; 17: 1-13.

    Imagen de Yiana Delgado

    Yiana Delgado

    Soy psicóloga de profesión, escritora por pasión e incansable aprendiz en mi tiempo libre. Durante más de cinco años concilié estudio e investigación en el apasionante mundo de las Neurociencias. Con la ilusión de poder ayudar a más personas, me convertí en divulgadora científica y durante dos años compartí mis conocimientos sobre psicología y crecimiento personal en la radio. Tras descubrir mi vocación por la escritura, me propuse seguir ayudando a las personas a comprenderse mejor y alcanzar la vida que anhelan a través de los medios de comunicación escritos. Ahora, con más de una década de experiencia a mis espaldas, continúo promoviendo espacios de cambio y reflexión basados en el conocimiento científico.

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